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Sermones de La Iglesia de Dios

Oscar Pimentel, Supervisor General

La Iglesia de Dios

“No améis al mundo” es la instrucción dada por la Palabra de Dios en 1 Juan 2:15, pero no se detiene ahí, este versículo más los dos versículos siguientes dicen, “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no es del Padre, más es del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; mas el que hace la voluntad de Dios, permaneces para siempre.”

La palabra amor, como la conocemos se define en el lenguaje moderno, significa un sentimiento intenso de afecto profundo. En la Biblia, la raíz griega es agapao y su uso bíblico cuando se habla de una persona significa dar la bienvenida, entretener, ser cariñoso y amar profundamente. Cuando se habla de cosas, trasmite la idea de estar bien complacido y estar contento con una cosa.

No es difícil entender lo que el Señor nos está diciendo que no hagamos cuando juntamos estas definiciones y releemos las Escrituras. Si me lo permite, permítame parafrasear: “No tenga un sentimiento intenso de profundo afecto por el mundo. No le dé la bienvenida al mundo, no lo entretenga, no le tenga cariño y no lo ame profundamente. No esté complacido con él ni en él, ni se contente con él.” Todos tenemos una buena idea de lo que significa la palabra amor y cómo se usa en diferentes circunstancias y en diferentes contextos, pero ¿qué pasa con la palabra mundo? Se toma de la raíz griega kosmos, y en el uso bíblico algunos de sus significados son orden, gobierno, universo, ornamento, decoración, disposición de las estrellas, el circulo de la tierra, los asuntos mundiales.

Si consideramos cuidadosamente cada uno de estos significados, nos ayudará a obtener una buena comprensión de lo que el escritor quiso decir cuando él dijo “no améis al mundo.”

En primer lugar, la Palabra de Dios no nos dice que no amemos el mundo en lo que se refiere a las multitudes o habitantes impíos de la tierra. Lo sabemos porque Juan 3:16 dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” ¿Qué mundo es este? El mundo de los habitantes de la tierra. Cristo pidió ser recibido en la casa de Zaqueo, que era publicano y ladrón, y Él fue recibido con alegría. Cristo ama a los pecadores y ha venido a salvarlos diciendo, “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). En Romanos 5:8 leemos, “Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Pablo escribió, mientras predicaba el evangelio al mundo de las personas, “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). Dios mismo amó al impío y al pecador en la medida en que envió a Su Hijo a morir en la cruz para que pudieran ser salvos.

En segundo lugar, mundo, cuando se define como la disposición de las estrellas, el círculo de la tierra y el universo, entendemos que todos fueron hechos por Dios para el beneficio y placer de los hombres. Cuando lo creó en el principio Dios vio “que era bueno.” El Salmo 89:11 dice, “Tuyos los cielos, tuya también la tierra: El mundo y su plenitud, tú lo fundaste.” ¡Son obra de Sus manos! ¡Gloria a Dios! En Salmo 19:1-4, son los cielos los que declaran la gloria de Dios, y muestran la obra de Sus manos. Dios no nos está diciendo que despreciemos Sus maravillas y que no estemos contentos y felices con ello; sino que, como hijos de Dios, nos admiramos y nos sintamos muy satisfechos al observar los cielos, las estrellas, y las maravillas terrenales que Él ha hecho para nuestro asombro.

En tercer lugar, entonces, consideremos el mundo cuando se define como orden, gobierno, ornamento y asuntos mundiales. Nuevamente, la raíz griega kosmos es de donde obtenemos la palabra mundo que conlleva las definiciones anteriores. Entonces, es justo decir que estamos hablando de la apariencia, el arreglo y el orden de las cosas en lo que también se puede llamar el “mundo moral.” Este mundo moral incluye a personas que son indiferentes o incluso hostiles hacia el verdadero Dios y rechazan Sus caminos. Pablo habló de el “dios de este siglo” (2 Co. 4:4), y en dos ocasiones Jesús se refirió a Satanás como el “príncipe de este mundo,” y él gobierna en este mundo hostil de Dios.

En Génesis 6:12,13, nos habla del estado de ese mundo antes del diluvio, “…toda carne había corrompido su camino sobre la tierra…la tierra está llena de violencia a causa de ellos,” y en el Nuevo Testamento Jesús dijo,” así también será en los días del Hijo del hombre.” El rechazo de Dios y la hostilidad del mundo hacia el Dios del cielo es lo que provocó la violencia, la corrupción y el mal. Desde ese momento hasta el presente, no hay mucho, si es que algo es diferente, ya que, una vez más, este mundo sigue aumentando en violencia, corrupción y maldad, especialmente hacia la “religión.”

En la época de Jesús, el mundo también era un ambiente hostil. Él dijo en Juan 7:7 que este mundo lo aborrecía y luego en Juan 15:18,19, Él le dijo a Sus discípulos que si el mundo lo aborrecía a Él también los aborrecerían a ellos. Cuando Jesús le oró al Padre dijo, “…el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14). Este mundo está gobernado y regido por el enemigo del alma del hombre, “…éste es el espíritu del anticristo, del cual vosotros habéis oído que ha de venir, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:3). No debe haber ninguna duda en nuestra mente de que hay un ser espiritual oscuro, rebelde, elusivo y sutil que odia a Dios, a usted y a mí, que gobierna este mundo y las directivas, estatutos, rutas o patrones de este mundo “es según operación de Satanás” (2 Ts. 2:9).

Al dirigirse a los hermanos de Éfeso, el apóstol Pablo afirma que “en otro tiempo,” es decir, en la vida anterior, cuando ellos eran “muertos en vuestro delitos y pecados,” ellos acostumbraban a caminar “…conforme a la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2).

En el pasaje anterior de la Escritura, Pablo parece señalar la disposición general de los hombres y mujeres impíos, que es caminar de acuerdo con el gobierno del príncipe de este mundo y participar en la corrupción de este mundo; la indulgencia de las pasiones y deseos carnales.

¿Cuál es el rumbo de este mundo? ¿Cuál es el resultado de este mundo? ¿Cuál es el sistema o patrón de este mundo? Hoy, más que nunca, todos podemos ver claramente que el “orden del día” es cualquier cosa PECAMINOSA—adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y ¡cosas semejantes a éstas!

En tiempos pasados, cuando estábamos muertos espiritualmente, también vivíamos e hicimos según los caprichos e impulsos de este mundo, cediéndonos a las directivas del príncipe de este siglo. “Empero Dios,” ¡Alabado sea el Señor! ¡¿No suena bien eso?! “Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos; y juntamente nos resucitó, y así mismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef. 2:4-6). ¿Por qué, si alguien ha sido hecho para sentarse “en los cielos,” se inclinaría voluntariamente tan bajo como para seguir y ceder el orden, el sistema, los arreglos y la apariencia de este mundo hostil hacia Dios?

Hoy debemos considerarnos “muertos al pecado, mas vivos a Dios en Cristo Jesús Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, para que le obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado por instrumentos de iniquidad; antes presentaos a Dios como vivos de los muertos, y vuestros miembros a Dios por instrumentos de justicia” (Ro. 6:11-13).

La orden es, “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.” Alguien puede decir, “No lo amo,” pero, me pregunto si no está enredado en ello. “Ninguno que milita se embaraza en los negocios de la vida; a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Ti. 2:4). Según Pablo, no somos capaces de complacer al Señor si estamos involucrados, es decir, enredados, con los asuntos de este mundo.

“… ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera pues que quisiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4). ¡Es imposible que alguien realmente ame a Dios y a este mundo malvado y corrupto al mismo tiempo!

“No améis al mundo,” no fue escrito para los paganos y pecadores, fue escrito para los niños, padres, y jóvenes cristianos como una advertencia y un estímulo para ellos de que deberían amar más las bendiciones de Dios permanentes y eternas sobre cualquier placer temporal momentáneo que este mundo ofrece.

El “cristianismo” así llamado, está compuesto por demasiados que tienen un profundo compromiso y afecto por las actividades seculares, pero no muestran compromiso con sus deberes y obligaciones cristianas. Otros regularmente tienen sus mentes más en este mundo mientras se preparan para continuar viviendo aquí y piensan poco, si es que lo hacen, en prepararse para los cielos nuevos y la nueva tierra. Sin embargo, otros han invertido más en acciones, bonos, tierras, casas y autos, pero no tienen tesoros almacenados en el cielo. Algunos ejercitan el cuerpo corporal para mantenerse en forma y saludable, pero prestan poca atención al hombre interior y su bienestar espiritual. Esto no puede ser, esto no debe ser, el testimonio de un miembro de La Iglesia de Dios.

No estoy en contra de las cosas mencionadas en el párrafo anterior, pero en las palabras de un anciano ministro de la Iglesia, “¡es mejor que cuide sus pasos!”

No es de extrañar que en otra ocasión Pablo escribiera; “Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). No tenemos poder en nosotros mismos para transformarnos. La única forma en que podemos ser transformados y no conformarnos es al entregarnos voluntariamente a Dios y considerarnos muertos a este mundo y a sí mismos.

Por el poder de Dios, si el creyente lo desea, puede ser mantenido alejado del mal y de la corrupción que hay en este mundo al depositar su confianza y fe en Él. Por el poder de Dios, la mujer y el hombre cristiano pueden estar en este mundo, pero no ser de este mundo. ¡No se conforme, sino sea transformado! ¡No ame al mundo, ríndase y entréguese completamente a Dios! Permítale que lo transforme de quien solía ser, a dónde solía ir, en lo que solía deleitarse, en cómo solía pasar el tiempo, en lo que solía ocupar su mente y en lo que solía vivir, para decir “Con Cristo estoy juntamente crucificado,” abandonando la vida del yo y como Pablo, “… vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios…” (Ga. 2:20).

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