"Yo estaba en el país de Guinea Ecuatorial hace unas semanas cuando estaba leyendo en 2 de Samuel. Fue durante este tiempo de lectura y meditación que este verso de la Escritura captó mi atención: “Y tenía ella sobre sí una ropa de colores, traje que las hijas vírgenes de los reyes vestían. Echóla pues fuera su criado, y cerró la puerta tras ella” (2 Samuel 13:18). Mientras meditaba en estas palabras, fui bendecido con diferentes pensamientos que vinieron a mi mente. Cuando llegué a casa, mientras mi familia y yo viajamos a nuestra ciudad, compartí con ellos los pensamientos surgidos por este pasaje de la Escritura. Les dije que yo había leído algo en la Biblia que hablaba de un rey quien gobernaba sobre un reino. En su reino había muchos súbditos, soldados, y nobles. En ese reino vivían niños, madres, y padres; gente de todas las edades–niños, adolescentes, y adultos. Los propios hijos del rey, sus hijos e hijas, estaban allí y según la Biblia ellos llevaban unas vestiduras especiales y túnicas que eran bellamente adornadas indicando que ellos eran los hijos del rey. Había algo aún más interesante que solo ser reconocido como el hijo del rey. Por esas vestiduras y colores que adornaban las túnicas, ¡ellos también eran identificados como puros!

Animé a mi familia y les recordé que también somos hijos del Rey– ¡del Rey de reyes y Señor de señores, Jesucristo! Como tal, Él tiene ropaje real y vestiduras de salvación que nos adornan con gracia, misericordia, rectitud, juicio, virtud y justicia. Tales son las túnicas y vestiduras que hacen hermosos a los hijos del Rey en este reino terrenal, y por estos ellos son conocidos entre las naciones.

“Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros del Dios nuestro…y la simiente de ellos será conocida entre las gentes, y sus renuevos en medio de los pueblos; todos los que los vieren, los conocerán, que son simiente bendita de Jehová. En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió de vestidos de salud, rodeóme de manto de justicia, como á novio me atavió, y como á novia compuesta de sus joyas. Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su simiente, así el Señor Jehová hará brotar justicia y alabanza delante de todas las gentes” (Is. 61:6, 9-11).

Isaías habla de un sacerdocio de Dios. En el Nuevo Testamento encontramos los escritos del Apóstol Pedro, “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). ¿Cuál es este real sacerdocio del cual él habla sino La Iglesia de Dios? Todo miembro con pacto de La iglesia de Dios es un sacerdote para Dios y ¡todos nosotros juntos hacemos un real y santo sacerdocio bajo la autoridad de Cristo, el cual es nuestro Sumo Pontífice! Piense en el honor y nobleza que Dios nos ha otorgado cuando vemos en el Antiguo Testamento que Él se refiere a Israel como “un reino de sacerdotes” (Ex. 19:6), también Él se refiere a la Iglesia como “un real sacerdocio” (1 Pedro 2:9). ¡Oh, qué privilegio ser llamado ministros de Dios! También, ¡qué responsabilidad para manifestar las virtudes de Dios y vivir dignamente de esa vocación!

Isaías continúa hablando acerca de la “simiente” y “renuevos” de estas personas con pacto las cuales serán conocidas entre los Gentiles, y que ellos serán conocidos como aquellos que son bendecidos por el Señor. “Renuevo” es sinónimo de “vástago”, lo que se defina como: hijos de un padre en particular; descendiente, el producto o resultado de algo. Gálatas 3:26 habla de nosotros siendo “hijos de Dios por fe en Cristo Jesús”. ¿Cómo son identificados los “sacerdotes” y los “ministros” de Dios? ¿Cómo Su “semilla” y “renuevos” son identificados? ¿Cómo esta “nación santa” es identificada? ¿No es de una manera similar a la de los hijos del rey en 2 Samuel 13? Isaías dice algo en el versículo 10 que yo creo ayuda a contestar las preguntas formuladas. Él habla del ser vestidos de Dios con vestiduras de salvación y con el manto de justicia. Entonces lo que significa es que el real sacerdocio de Dios, Sus hijos, Su linaje, ¡serán identificados como la simiente del Rey en este mundo presente, en cada nación, por Su espíritu de justicia y por el atavío de salvación con lo cual ellos están vestidos!

¡El resplandor y brillo de diamantes finos, perlas, piedras preciosas, plata y oro purificado de este mundo no se comparan a la honorable belleza de las obras internas que un Dios redentor obra en un corazón y vida regenerada y santificada! Esta obra interna no se limita al interior de alguien que está caminando con Dios y ha estado en la presencia de Dios, sino se manifiesta al exterior y es evidente en cada aspecto de su vida.

Pablo escribe a Timoteo y exhorta tanto a hombres a mujeres que deben estar preocupados por los adornos bíblicos de la piedad, honestidad, amor, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza y justicia–las cuales podrán obtener a través de Cristo.

Puede que un hombre realice sus sueños de toda la vida, tenga el mejor trabajo y gane mucho dinero. Podría comprar las corbatas más hermosas, zapatos limpios, trajes muy caros, hacer ostentación de cosas excepcionales y conducir el carro más lujoso en el pueblo; pero si el pecado mancha su vida, si hay sangre en sus manos, si la ira y el orgullo se encuentran en sus corazones; “¿de qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mt. 16:26). ¿Qué hace a un hombre hallar “gracia y buena opinión en los ojos de Dios y de los hombres” (Proverbios 3:4)? ¡La Biblia dice que esto es vivir santo y justo! Antes de que Pablo se dirigió a las mujeres acerca de su adorno, primero escribió a los hombres diciendo, “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos limpias, sin ira ni contienda” (1Timoteo 2:8). Oh, ¡que haya más hombres de oración! ¡Padres que oren! ¡Esposos que oren! ¡Hijos que oren! ¿Ha visto usted un hombre tan precioso como él que se arrodille ante la presencia del Dios Todopoderoso, a quien Dios moldea y forma a Su imagen y semejanza? ¡Tal hombre se levanta y ya no es de mal genio y de poca paciencia! ¡Él se pone de pie habiendo sido transformado y deja de ser rudo y duro, y ahora es suave al hablar y sensible a las necesidades de su esposa e hijos! ¡Puede que él no sea el hombre que el mundo quiere ver, pero sí es el hombre que Dios ha llamado a ser! Puede que no tenga mucho, pero él tiene a Dios— ¡por lo que tiene TODO!

Cuando Moisés bajó del monte después de pasar muchos días con Dios, la Biblia dice que “la tez de su rostro resplandecía” (Ex.34:29). Encontramos en la Escritura la descripción del rostro de otro hombre de Dios como el mundo lo miró. La cara de Esteban fue descrita como “el rostro de un ángel” (Hechos 6:15). ¡Ellos no necesitaron embellecimiento, joyas, adornos o decoración! No necesitaron mejoras hechas por los hombres ¡porque la existencia de Dios en sus vidas adornó sus rostros y hermoseó su apariencia!

En la sociedad de hoy en día, las joyas–collares, brazaletes, anillos, aretes, etc.—no están limitados solamente a las mujeres, esto es también común entre los hombres. La gente de hoy en día se viste con todo tipo de cosas costosas. Mientras que ellos se preocupan por el adorno externo o de afuera, ellos han olvidado acerca de lo cual es más importante y de estima en los ojos de nuestro Creador.

En los ojos de Dios, un hombre de manos limpias y de un corazón puro, que no ha elevado su alma a la vanidad, ni ha jurado con engaño, ¡es una cosa hermosa! (Vea Salmos 24:3-5). Un hombre de conversación honesta, lleno de buenas obras y fe, sometido a los que tienen autoridad, quien teme a Dios, dispuesto a soportar el dolor y sufrir injusticias con toda paciencia, y que no ha pecado, es uno que ha dado mayor consideración al adorno permanente que adorna al hombre interior. (Vea 1 Pedro 2:12-23).

“Asimismo también las mujeres, ataviándose…no con cabellos encrespados, u oro, o perlas, o vestidos costosos, sino de buenas obras, como conviene a mujeres que profesan piedad” (1 Ti. 2:9,10). “El adorno de las cuales no sea exterior con encrespamiento del cabello, y atavío de oro, ni en compostura de ropas; sino el hombre del corazón que está encubierto, en incorruptible ornato de espíritu agradable y pacífico, lo cual es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:3,4). En estas Escrituras, el tema principal es el adorno. Leemos que ambos Pablo y Pedro advierten a los santos de Dios en contra de adornarse ellos mismos y ponerse oro como adorno. Puede que le resulte difícil creerlo, pero una de las principales razones que las personas se ponen oro, perlas y vestidos costosos es para adornarse. Lo que es atractivo y encantador, y aun necesario para el mundo, no lo es para Dios. Dios no tiene interés en toda la fantasía, decoraciones externas de este mundo con las cuales el hombre y la mujer se ponen a sí mismo. Entonces, ¿qué cosa le complace? Aquí está la respuesta: “Porque Jehová toma contentamiento con su pueblo: hermoseará a los humildes con salud” (Salmos 149:4).

La Biblia da prioridad al “adorno de gracia…a tu cabeza” (Pr. 1:9). Esto da énfasis al “adorno de gracia dará a tu cabeza” (Pr. 4:9). Esto habla de ser coronado “de favores y misericordias” (Salmos 103:4), y que “hay oro y multitud de piedras preciosas: mas los labios sabios son vaso precioso” (Pr. 20:15). ¿Está usted de acuerdo que Dios conoce el verdadero valor de las cosas? Entonces ¿acaso deberíamos aceptar sin cuestión Su consejo de que no nos debemos adornar con “cosas corruptibles, como oro o plata” (1 Pedro 1:18), y que pongamos el adorno altamente recomendado, incorruptible y aceptable—un espíritu manso y tranquilo— los cuales son de gran precio en los ojos de Dios?

Este mensaje no pretende promover el aborrecimiento por el oro, plata o las piedras preciosas. En sí, estas materiales no son pecaminosas. Al contrario son materiales que Dios Mismo puso en esta tierra y que tienen un propósito. Sin embargo, el orgullo, codicia y uso vano de estas cosas por la humanidad sí es el pecado. Muy a menudo las personas se ponen sus joyas para que sean símbolos de identificación o estatus y a fin de que los demás tomen nota. ¿No suena esto como vanidad y orgullo que obra en el corazón de las personas? Nos conviene recordar que el Padre Celestial condena el orgullo de la vida, la codicia de la carne y el deseo de los ojos. ¿No es verdad que ni la vanidad y ni el orgullo tiene lugar en la vida de un hijo de Dios? La Biblia nos dice que estas cosas son de este mundo y que “el mundo se pasa, y su concupiscencia; mas el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre” (1 Juan 2:17).

Cuando el cuerpo de un hombre o mujer se lleva al reposo, todavía no he escuchado a alguien decir, “Él siempre llevó el oro más puro”. “Todo el tiempo ella llevó los más hermosos brazaletes”. “Su collar brillaba y radiaba todas las veces que te acercabas a él”. Y etcétera. ¡Esas cosas terrenas y temporales habrán pasado y no serán de gran importancia! La belleza y el atractivo de una persona es ultimadamente juzgada por la vida que vivió. Su carácter, conducta, comportamiento, lo que defendían y qué fue su fundamento de la vida será lo que los definirá. A los santos en Antioquia se llamaban cristianos, no por llevar algún anillo de oro, plata o el adorno exterior, ¡sino porque sus vidas reflejaban a Jesucristo! ¡Oh, qué diferencia cuando la gente habla de las obras de justicia de un hombre o mujer, o de las grandes cosas que él o ella hizo en Dios! ¡Qué poderoso testimonio de la hermosura de la salvación de Dios cuando ellos dicen que los jóvenes y viejos por igual se sienten atraídos por el rostro de esa persona piadosa y de espíritu recto!

En cuanto que “no [amamos] al mundo, ni las cosas que están en el mundo” (1 Juan 2:15), ¡siempre anhelaremos que nuestros deseos y modo de vivir sean absolutamente distintos de los del mundo! Lea este testimonio encontrado en libro de J.E. Elliott, Jewelry and The Child of God: “Cerca de terminar el siglo [20], un acontecimiento de interés ocurrió en la India. Amy Carmichael, misionero para la India, explica en su libro, Gold Cord, cómo las mujeres en la confraternidad en Dohnavur fueron dirigidas a Dios para dejar de usar joyas. Todo comenzó a materializarse cuando un ministro llamado Walker de Tinnevelly dijo a su esposa: ‘Dame tus joyas’. ¿Qué es lo que quiere un ganador de almas con las joyas? En la tarde antes de este suceso, otra dama llamada Ponnamal había escuchado a una pequeña niña decir, ‘Cuando crezca voy a unirme a ese grupo y me voy a poner joyas como esa hermana’. Ponnamal fue perturbada por la afirmación de la niña ya que ella quería que su vida fuera un reflejo de Cristo. Buscando a Dios concerniente a la ‘pregunta de las joyas’, la respuesta de Dios para Ponnamal estuvo en Isaías 62:3: “Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo”. La respuesta fue muy clara para Ponnamal. Ella debía presentarse a su Señor [sin sus joyas] en una manera sencilla sin adornos. De este modo ella se quitó y dejó sus joyas. Amy escribió de ella: ‘Al momento de su muerte, Ponnamal confesó, ‘Cuando puse mis joyas al lado, eso fue para mí una nueva liberación… no podría haber hecho este nuevo trabajo [para Dios] si no hubiera sido por el nuevo valor que fue resultado de haberme roto con la costumbre y liberado de la esclavitud del temor del hombre’. Más tarde, una joven dama llamada Star sintió la necesidad de quitar sus joyas. Su padre le advirtió, ‘Si escucho que te quitas tus joyas, yo vendré por ti’. La amenaza de su padre no le impidió a Star de luchar para seguir completamente a su Señor. Ella se quitó sus joyas y su padre no la lastimó. Amy dijo de Star: ‘Fue una tremenda decisión que ella hizo ese día al pie de la Cruz, pero no hay nada que alguien pudiera decir que podría sacudirla. Ella había visto a su Amado, su Redentor. En Su frente estaba una corona no de oro, pero de espinas, Sus manos y Sus pies no tenían joyas, sino heridas. Ella lo había visto; ¿podría ella seguirlo adornada con oro?’ Las cosas que Amy Carmichael escribió ocurrieron unos pocos años antes del Levántate, Resplandece de la Iglesia. Lo que Dios requirió en aquel tiempo, es aún requerido hoy en día. ¡Dios nunca cambia! La Iglesia está bien en su postura ‘en contra de usar el oro para adorno’”.

¿Qué de usted, querido santo de Dios? ¿Ha sido usted tentado a tratar de substituir la belleza de Dios con cosas secundarias de este mundo? Todos nosotros quienes somos miembros por pacto de la Iglesia de Dios, sinceramente prometimos en la presencia de Dios y de testigos aceptar la Biblia como la Palabra de Dios, el Nuevo Testamento como nuestra única regla de fe—creer y practicar sus enseñanzas correctamente divididas. La enseñanza 26 de nuestras 29 Enseñanzas Prominentes—“Contra el uso del oro como ornamento o decoración tales como: sortijas, brazaletes, aretes, medallones, etc. de parte de los miembros”, esta es quizás una de las enseñanzas más controversiales en el mundo cristiano. La Iglesia de Dios entiende que la Biblia no está callada en este tema y las Escrituras mencionadas en este artículo son solamente unas pocas de las muchas que sostienen la posición de la Iglesia sobre el asunto del adorno. Una mirada alrededor de la corriente principal de las denominaciones y las organizaciones llamadas Pentecostales demostrarán que no tienen ningún tipo de restricción en cuanto a las joyas. ¡Podemos muy bien estar solos en este tema hoy en día!

“La Iglesia de Dios cree que la Biblia tiene suficiente información para gobernar todos los negocios que puedan surgir. En el Libro hay suficientes leyes, y reglas, también estatutos, tipos o profecías, o principios… para gobernar la Iglesia sin hacer unos nuevos” (Historia y Gobierno; Stone). Abra su Biblia, estimado lector, ¡y vea los tipos y sombras en el Antiguo Testamento que respalda la posición de la Iglesia! Lea sobre el desagrado de Dios por las “hijas de Sión” en Isaías 3:16-26, debido a su orgullo y arrogancia. Ellas estaban más interesadas en los adornos brillantes y las lunetas que en el bienestar del hombre interior del corazón.

Lea el relato de Jacob en el Antiguo Testamento quien iba en rumba a Bethel (La Casa de Dios). “Entonces Jacob dijo a su familia y a todos lo que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. Y levantémonos, y subamos a Bethel…así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de una encina, que estaba junto a Sichem”. Por favor observe en este tipo y sombra que ni Jacob ni su casa podían venir a Bethel hasta que ellos quitaran de entre ellos “los dioses ajenos” y cambiaran sus vestidos. Esto habla del adorno exterior que ellos tenían en aquel tiempo. ¿No es interesante que estas cosas fueran quitadas y después quemadas antes de que ellos fueran a ese lugar llamado la “Casa de Dios”? Ah, sí, La Iglesia de Dios aún requiere que todos los futuros miembros se limpien y pongan a un lado (quitar y quemar) todas sus joyas antes que vengan a ser miembros de “la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y apoyo de la verdad” (1 Ti. 3:15).

Una vez más, hago mención del Salmos 149:4. “Porque Jehová toma contentamiento con su pueblo: Hermoseará a los humildes con salud”, y quiero llamar su atención a Esther cuando ella fue llevada al palacio bajo la custodia de Hegai para embellecerla antes de entrar a la casa del rey. Ella le fue dado “atavíos y sus raciones”, pero estas cosas que eran “de la casa [propia] del rey” (Esther 2:9). Esther no trajo nada. Ella no tenía nada. No requería nada y no recibía nada de nadie hasta que llegara al palacio del rey. ¡A ella le fue dado las cosas para su embellecimiento que pertenecían de la casa del rey! De igual manera cuando Dios nos llama y somos llevados a Él, reconocemos que Él tiene todo lo que necesitamos para el proceso de embellecimiento. Esto sale de Su propio cofre de tesoro—ropaje real, vestidos de salvación, adornos y cadenas de gracia, una corona de gloria, favores y misericordias. ¡Todo eso procede de Su propio suministro! ¡El Rey de gloria provee ese “lavacro del agua por la palabra” (Ef. 5:26), el cual puede purgar, purificar, y embellecernos en la preparación para entrar a la casa del rey!

Cuando leo 2 S. 13:18, lo que dice: “Y tenía ella sobre sí una ropa de colores, traje que las hijas vírgenes de los reyes vestían”, pienso en cada uno de los miembros por pacto de La Iglesia de Dios, el Cuerpo de Cristo, quienes no serán “[vestidos] de púrpura y de escarlata, y [dorados] con oro, y [adornados] de piedras preciosas y de perlas” (Ap. 17:4), pero mejor “se [vistan] de lino fino, limpio y brillante: porque el lino fino son las justificaciones de los santos” (Ap. 19:8).

Obispo Oscar Pimentel, Supervisor General de La Iglesia de Dios